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Part 6

The Woman and the Right to Vote · Rafael Palma — chapter 6 of 6 · ~3,303 words · public domain

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¿Qué duda cabe que la mujer tiene facultades, sentimientos, puntos de vista y métodos propios para hacer las cosas, diferentes del hombre? ¡Cuántas veces se ha visto que cuando un hombre no se ha atrevido a hacer una cosa se ha dejado obrar a la mujer para conseguirla! Ella tiene su propia personalidad y debe dársela, como al hombre, la libertad necesaria para que pueda desarrollarla, tener voz decisiva en sus intereses y destinos, tomar por su cuenta los riesgos de la vida, hacer sus propias aventuras, experimentos y descubrimientos en vez de que el hombre la fije invariablemente la pauta de conducta y le imponga el molde en que debe trabajar.

La política ha dejado de ser lo que debía, se ha hecho demasiado masculina, se ha vuelto brutal, egoísta, personalísima, porque le ha faltado la bondad, la abnegación, el altruísmo y el espíritu de sacrificio, que son cualidades características del ser femenino. ¿Por qué no sacar ventajas de las energías de la mujer, de sus impulsos y modos de ver las cosas para mejorar nuestras prácticas y nuestros procedimientos en la vida pública? ¡Quién sabe si la política se sanea y se purifica un poco con la presencia y la intervención de la mujer, de la misma manera que la presencia de ésta en una reunión cohibe en cierto modo la licencia de las palabras y de la acción de los hombres!

El monopolio ejercido por el hombre sobre las funciones públicas, ha sido, como otras tantas instituciones ahora desaparecidas, basado en la fuerza y violencia y con el fin de perpetuarlo se parapeta detrás de la muralla de prejuicios levantada a costa del tiempo y del orden de cosas establecido, lanzando de allí los dardos de la sátira y del ridículo contra aquéllos que demandan la cesación de ese estado de violencia. Así, ridículo es la más fuerte arma que ahora se esgrime contra la mujer que pretende reclamar justicia y obtener la reivindicación de los derechos de su sexo, alguno de los cuales, como el gobierno de los pueblos, no ha sido negado ni aún en muchas de las sociedades primitivas.

Por ésto, la idea que muchos tienen de la sufragista es muy curiosa. Se la representa como una mujer que odia los quehaceres de la casa y está constantemente fuera de ella, de día y de noche. La pintura más común es aquella en que la mujer arenga en una especie de asamblea a algunas de su sexo, mientras su marido se dedica a barrer la casa y entretener al bebé que llora. Esa es la idea que ha sido vulgarizada por los cines y revistas y la que está fijada en la mente de las muchedumbres que no se paran a reflexionar elevándose por encima de la superficie de las cosas.

Nada hay, sin embargo, más lejos de representar la realidad. La sufragista es una mujer, producto de nuestros tiempos de libertad; instruída como el hombre, conoce y no rehuye las responsabilidades que tiene en la familia; pero a la vez esta libre de preocupaciones y cree sencillamente en el deber de compartir con el hombre los trabajos concernientes al mejoramiento social, al bienestar público de la comunidad en que vive; cree que por lo mismo que en el hogar hay deberes asignados a su sexo, tiene asimismo deberes que desempeñar en la vida pública. En la vida doméstica y familiar no surge ningún conflicto entre los dos seres por estar repartido el trabajo entre ambos; no hay motivo tampoco para temer ningún conflicto en la vida pública si se sabe asignar a cada sexo los deberes que le corresponden según su naturaleza.

La sufragista, por el hecho de serlo, no es antagónica a los deberes de la familia, antes bien comprende que el bienestar de la familia es el fundamento del bienestar de la sociedad, y tiene conciencia de que las miserias y vicios sociales afectan a la familia y ella puede y debe acudir a remediar con el hombre esas miserias y esos vicios.

¡No! la idea que se tiene de la sufragista es errónea; y es hora de que por lo menos las personas inteligentes y educadas corrijan su propia impresión basada en prejuicios y en una mentalidad atrasada. No podemos impedir que el vulgo piense a la manera que pensaba hace medio siglo atrás, pero el que muchas personas serias y por demás progresivas se contenten con la opinión del vulgo dá idea de que aquí no analizamos bien el fondo de las cosas y nos dejamos llevar simplemente de las impresiones del momento.

El sufragismo es una aspiración legítima, un ideal de nuestro siglo. Tiene su raíz de vida en la filosofía e instituciones del mundo moderno y en las condiciones cada vez más difíciles en que pone a la mujer la lucha por la existencia. Ella necesita protegerse y organizarse no para crear la rivalidad y armarse contra el hombre sino para ser un activo sumando en el progreso social y evitar ser víctima de la explotación y de la iniquidad de los demás grupos sociales por su indiferencia y absentismo en la vida pública.

No seré yo, hombre de ley y legislador, quien me oponga a que esta aspiración fuera satisfecha. La considero tan natural como el derecho a la vida y el derecho a la propia defensa. Y por ser natural no considero prematuro el que la mujer filipina reclame ese derecho, como ya lo han reclamado y obtenido sus congéneres en otras partes del mundo. Me es indiferente que el grupo que ahora lo reclama sea pequeño e insignificante: aún más, me sería completamente indiferente si la mujer de este país no lo pidiera o deseara. Para otorgar, para reconocer derechos fundamentalmente concordes con el espíritu de nuestras instituciones y con los ideales de nuestra época no consultaría con quién tuviera opción de reclamarlos, los daría, los concedería porque es de justicia y es el plan de Dios que se realice la justicia en el tiempo y en el espacio. No soy juez sino legislador y mi primer deber es dictar la justicia, no administrarla, no esperar que haya quién la pida y quién se oponga a ella.

Me satisface que haya un grupo de mujeres que representando la aspiración de todas las de su sexo, se atrevan a acercarse a las gradas de nuestra Legislatura para llamar la atención sobre una falta en nuestros estatutos. Esto me indica que ha nacido y se ha revelado la conciencia de ese derecho en la mujer filipina y no necesito más; no necesito contar el número y la clase de las que están en esa condición. Rizal en su tiempo al abogar por los derechos políticos de nuestra raza, estaba con muy pocos compañeros; en la mayoría de sus compatriotas, la conciencia de esos derechos estaba dormida. Pero mentiría y erraría quién dijera que aún en aquel tiempo la voz de Rizal no representaba la causa de toda su raza y porque él y los que con él trabajaban eran muy pocos, no debia prestarse atención a sus demandas. El sabía en conciencia que su patria estaba oprimida, que defendía una causa justa, que abogaba por los derechos de sus conciudadanos y no se paraba a reflexionar si sus conciudadanos tenían o no la conciencia de sus derechos.

Estoy satisfecho, por esto, de que las pocas mujeres que ahora hablan de los derechos de su sexo y reclaman el sufragio representan a las demás mujeres filipinas, a no ser que queramos inferir el insulto de decir que las mujeres de este país están privadas de sentido común para oponerse o rehusar la concesión de derechos que pueden ensanchar sus medios de vida y sus actividades dentro de la sociedad. Importa poco que la aspiración al sufragismo aparezca en su estado inicial o tenga la forma vaga de una proposición no definida y concreta: desde el momento en que ha apuntado esa aspiración, para mi es que ha brotado la semilla a flor de tierra y es inútil ahogarla, pues volverá a brotar. Cuanto más retrasemos la concesión del sufragio femenino sería tanto más en nuestro daño, porque es lo mismo que impedir que la semilla de ahora se convierta en planta y dé a su sazón apetitosos frutos.

No, nuestro país no necesita imitar la lentitud con que han procedido las viejas naciones en reconocer los derechos de la mujer. No tenemos sus tradiciones, no tenemos sus preocupaciones para ir por lentas evoluciones y no por súbitas revoluciones. Debemos admitir todas las revoluciones pacíficas de ideas que condensan, como el vapor la gota de lluvia, una fórmula de justicia social. Lo mismo que admitimos los últimos inventos en mecánica, industria y artes, los automobiles, las maquinarias centrales, los aeroplanos, debemos admitir los últimos progresos en instituciones sociales y políticas de las sociedades más avanzadas.

El sufragio femenino encierra un fondo de justicia, de reivindicación para la aptitud de la mujer moderna y debemos enseguida adoptarla sin necesidad de pasar por procesos innecesarios. La libertad de cultos que engendró la tolerancia religiosa, el sufragio popular que vigorizó nuestra conciencia colectiva, la escuela libre que emancipó nuestras masas de la tutela de los caciques, todas las conquistas de la democracia de que nos enorgullecemos no serían realidades hermosas, llenas de sazonados frutos, en estos días, si hubiésemos tenido que hacer tanteos y dar pasos vacilantes antes de incorporarlos súbitamente a nuestra vida social y política. Tenemos que movernos de prisa y anticiparnos a las horas vagas aspiraciones de las masas femeninas para ahorrarnos de ese modo agitaciones que al fin habrían de sobrevenir y cuya justicia se ha de reconocer más tarde.

Cuando se dice que nuestro estado social no está preparado para el sufragismo, que la mujer no está suficientemente educada para ejercer sus derechos políticos, quiero preguntar si es que hemos necesitado decir lo mismo cuando importamos e implantamos en éste país las instituciones democráticas que son la base y el fundamento de nuestra sociedad actual. Nuestra educación tradicional era enteramente contraria al sistema popular de gobierno y hemos adoptado éste por considerarlo mejor que el otro, más adecuado a nuestros intereses y a los ideales del siglo, sin preguntarnos si estábamos preparados y educados suficientemente para ello.

Hace más de veinte años que la escuela libre ha abierto sus puertas a la mujer del pueblo, la educación se ha extendido entre ellas en la misma proporción que entre los hombres, muchas de las mujeres que han producido nuestras escuelas son ya ahora esposas o madres y todavía estamos preguntándonos si la mujer filipina ha llegado o no a la madurez necesaria para poder ser investida de sus privilegios políticos. No creo que se pretenda exigir que todas ellas sean doctoras y bachilleres antes de concederlas el sufragio.

La educación política no se adquiere más que educándose como no se llega a saber nadar más que nadando. El argumento de la falta de preparación suficiente de la mujer filipina favorece y justifica la posición intelectual de los imperialistas de una metrópoli que no encuentran a una colonia jamás preparada o educada suficientemente para recibir sus derechos soberánicos.

Cuando el otro día subí a un hidroplano para experimentar la sensación de un viaje por las alturas, tenía--¿como no decirlo?--cierta aprensión, algo así como un vago temor a lo desconocido, a lo nuevo, pero pasados los primeros momentos con felicidad me sentí perfectamente confortado y dichoso de sondear los espacios y escudriñar los magníficos paisajes que se presentan a los ojos desde la altura. ¡Oh, que hermosura nadar en la luz, cabalgar sobre las nubes y el viento, divisar el panorama de las ciudades, de las viviendas humanas como un mapa de relieve sobre el fondo de cristal de las aguas, cruzar distancias enormes en minutos, en instantes de un modo imperceptible, emular en todo al pájaro y como el pájaro aterrizar de repente sin fatiga y sin sufrimiento! Una vez terminado el viaje es cuando comprendí que mi aprensión y mi temor carecían de fundamento, que no envolvía más riesgos el volar por los aires en un aeroplano como el correr a campo traviesa en un automovil y me hice cargo de las innumerables ventajas que se pueden sacar de este aparato, producto también de nuestros tiempos, destinado a revolucionar no sólo los medios de guerra sino también las artes de la paz.

Lo mismo pasa con las nuevas fórmulas, con las innovaciones en el orden moral y político. No se las adopta sin ese instintivo temor, esa vaga aprensión que produce lo nuevo y lo desconocido. Se oye hablar mucho de sus peligros e inconvenientes para el orden establecido. Se cree poco menos que se desquiciarían las esferas del firmamento y que el eje del mundo se rompería en pedazos. Luego, después que la innovación se ha admitido, se encuentra que parece lo más natural y lógico porque las cosas siguen su curso normal, las estrellas ruedan y brillan lo mismo que antes en el azul y las montañas altas no se vienen abajo. Se sienten renacer el ánimo y la esperanza, las muchedumbres se avienen con el nuevo estado de cosas y los más recalcitrantes se lastimarían si se les propusiera que se volviese el antiguo estado. Así ha ocurrido en nuestro país. Así se ha hecho siempre el progreso y así marchará siempre par nuevos caminos.

Es preciso que tomemos la resolución de vencer nuestros temores y escrúpulos. Si habláramos del aeroplano solamente por el número de aviadores que han perecido, no admitiriamos nunca esa invención. Es preciso que nos embarquemos en él para probarnos a nosotros mismos que nuestros temores y preocupaciones carecen de fundamento. No hay que perder de vista que el sufragismo no es una cosa nueva en el mundo, ya no es un experimento sino un hecho y ha tomado carta de naturaleza en algunos paises. Lo mismo exactamente que el aeroplano. Del mismo modo que para conocer las ventajas de este aparato no vamos a preguntar a los que nunca han viajado con él sino a los que han hecho experiencias con el mismo, así también para conocer las ventajas del sufragismo no debemos dar crédito a los que lo combaten por principios y teorías sino a los paises que han hecho experimentos con él y han probado ya sus resultados. El hecho que debemos anotar es que el sufragismo cunde con mayor fuerza cada día y se va generalizando en los paises en que se ha admitido. Lo mismo exactamente que el aeroplano. Por consiguiente, así como sería perfectamente ridículo en estos momentos declamar contra el aeroplano, por los riesgos y accidentes que pueden ocurrir y sería estúpido no seguir los pasos de otros gobiernos que utilizan sus ventajas, para la defensa o la agresión en caso de guerra o para abreviar las comunicaciones interiores en tiempos de paz, asimismo me parece ridículo, sino insensato, combatir el sufragismo en el terreno especulativo o más bien hipotético y no tomar la experiencia de otros paises como guía de nuestra conducta haciendo que el sufragismo forme parte de nuestras modernas costumbres e instituciones.

Quisiera, para terminar, citar algunos extractos, pertinentes a este asunto, de un discurso que pronuncié en una velada celebrada en el Opera House y dedicado a Rizal por varios colegios de señoritas en 1913:

Se ha creído que la mujer debe reducir toda su esfera de acción al hogar a la vida doméstica, ser absolutamente la gloria y el encanto de su esposo y de sus hijos; y no es así, pues que la mujer tanto como el hombre, nace en la sociedad y vive dentro de ella, y no puede, no debe ser indiferente a las miserías y las desgracias sociales. Pensar de otro modo sería egoísmo y aberración, y dejaría a la sociedad abandonada a muchos sufrimientos que solo la mano bendita de la mujer puede curar o acallar al menos. Bien haya que la mujer sea en su casa amor y ensueño, gloria y felicidad; pero también más allá de los muros de su hogar debe cumplir su misión divina y hacer llegar a todos el secreto tesoro de bondad y dulzura de que la ha provisto la buena providencia. Así como en el hogar comparte con el hombre los deberes de la vida, así fuera de él, en la vida pública, debe compartir con el hombre la responsabilidad de remediar y de aliviar las desdichas públicas.

La beneficiencia, la caridad, la moral, por algo, tienen nombres femeninos: y es a la mujer a quien corresponde el ejercicio de todas esas virtudes en el seno de la sociedad. Ella debe tomar parte, si es que no debe iniciar en todos los casos, toda propaganda y toda acción que tienda a amparar la orfandad, a socorrer la indigencia, a elevar la idea de la moralidad pública. Ella debe luchar y sufrir, en medio de la sociedad en que vive por cuanto hay de femenino en la vida para calmar con un bello gesto de piedad la furiosa contienda que se libra por la existencia, y durar con el mágico esplendor de su cariñosa mirada la noche eterna del humano dolor. La patria necesita no sólo la fuerza de los hombres, sino también la piedad, la caridad de las mujeres; no sólo requiere héroes, sino también heroínas. Y las hay, y las ha habido siempre en la historia de la humanidad: y las hay y las ha habido en esta nuestra tierra, cuyo especial privilegio consiste, en sentir de graves autores extranjeros, en que sus mujeres son superiores a los hombres.

Y estas niñas de hoy que adoran en Rizal y que le dedican sus cantos y oraciones, mañana se convertirán en las ciudadanas, que no serán, como la infeliz Maria Clara, víctimas de las injusticias sociales, sino reparadoras de ellas, y sublimes propagadoras del bien, de la virtud de la gloria y grandeza de su patria.

Sí; abrigo esa esperanza, tengo fé en la libertad de la mujer. No puede permanecer una mitad de la humanidad en la parte superior y otra mitad en la parte inferior de la escala sin producirse desequilibrios, lágrimas y sufrimientos. Todos tienden a nivelarse en la vida como todos se nivelan en la muerte. La humanidad ha descubierto una nueva luz y su antorcha iluminará aunque los errores y preocupaciones de los hombres se empeñen en cubrirla de tinieblas. ¡Ay de los que resistan la luz! El mundo marcha, no se detiene en su progreso. Los que quieran quedar atrás se quedarán porque es dado a los seres humanos ese albedrío, pero será para lamentar más tarde su culpa y su retraso.

No me es dado vaticinar la suerte que cabrá a los esfuerzos presentes que hacen las mujeres filipinas para obtener el sufragio; sé sin embargo que sus esfuerzos deben ser para ellas y para nosotros un motivo de orgullo y de honor porque indican que ninguna parte de nuestro pueblo es insensible a los grandes movimientos del siglo. Hay algunos que se mofarán de ellas, muchos que se encogerán de hombros, pero las mujeres no deben desalentarse por eso, porque ni la mofa ni el encogimiento de hombros son razones de peso. Algún día les darán la razón esos mismos que ahora se ríen y se encogen de hombros ignorando probablemente la marcha del mundo y la de su propia sociedad, como aquellos que se burlaron de Rizal en su tiempo han lamentado su error muy tarde y le han completamente justificado y vindicado.

Lo que necesitamos es hacer la luz y propagar las nuevas doctrinas para que las acepten las conciencias que no se niegan voluntariamente a reconocer la justicia y la verdad, únicos e inconmovibles fundamentos sobre los que descansan la estabilidad y el bienestar de las sociedades civilizadas.

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